EL ESPÍRITU LIBRE

Este día iniciemos con lo que dice NIETZSCHE sobre aquellos que aman la vida, persiguen sus ideales y van rumbo a sus sueños.

Suponiendo que ninguna otra cosa esté “dada” realmente más que nuestro mundo de apetitos y pasiones, suponiendo que nosotros no podamos descender o ascender a ninguna otra “realidad” más que justo a la realidad de nuestros instintos, -pues pensar es tan sólo un relacionarse esos instintos entre sí-: ¿no está permitido realizar el intento y hacer la pregunta de si eso dado no basta para comprender también, partiendo de lo idéntico a ello, el denominado mundo mecánico (o “material”)?

Quiero decir, concebir este mundo no como una ilusión, una “apariencia”, una “representación” (en el sentido de Berkeley y Schopenhauer), sino como algo dotado de idéntico grado de realidad que el poseído por nuestros afectos, -como una forma más tosca del mundo de los afectos, en la cual está aún englobado en una poderosa unidad todo aquello que luego, en el proceso orgánico, se ramifica y se configura (y también, como es obvio, se atenúa y debilita-), como una especie de vida instintiva en la que todas las funciones orgánicas, la autorregulación, la asimilación, la alimentación, la secreción, el metabolismo, permanecen aún sintéticamente ligadas entre sí, -como una forma previa de la vida? -En última instancia, no es sólo que esté permitido hacer ese intento: es que, visto desde la conciencia del método, está mandado.

No aceptar varias especies de causalidad mientras no se haya llevado hasta su límite extremo (-hasta el absurdo, dicho sea con permiso) el intento de bastarnos con una sola: es ésta una moral del método a la que hoy no es lícito sustraerse; -esto se sigue “de su definición”, como diría un matemático.

En último término, la cuestión consiste en si nosotros reconocemos que la voluntad es realmente algo que actúa, en si nosotros creemos en la causalidad de la voluntad: si lo creemos -y en el fondo la creencia en esto es cabalmente nuestra creencia en la causalidad misma-, entonces tenemos que hacer el intento de considerar hipotéticamente que la causalidad de la voluntad es la única. La “voluntad”, naturalmente, no puede actuar más que sobre la “voluntad” -y no sobre “materias” (no sobre “nervios”, por ejemplo-): en suma, hay que atreverse a hacer la hipótesis de que, en todos aquellos lugares donde reconocemos que hay “efectos”, una voluntad actúa sobre otra voluntad, -de que todo acontecer mecánico, en la medida en que en él actúa una fuerza, es precisamente una fuerza de la voluntad, un efecto de la voluntad.

-Suponiendo, finalmente, que se consiguiese explicar nuestra vida instintiva entera como la ampliación y ramificación de una única forma básica de voluntad, – a saber, de la voluntad de poder, como dice mi tesis-; suponiendo que fuera posible reducir todas las funciones orgánicas a esa voluntad de poder, y que se encontrase en ella también la solución del problema de la procreación y nutrición -es un único problema-, entonces habríamos adquirido el derecho a definir inequívocamente toda fuerza agente como: voluntad de poder. El mundo visto desde dentro, el mundo definido y designado en su “carácter inteligible”, -sería cabalmente “voluntad de poder” y nada más que eso.-

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