Pág. 12 La Monja y el Traficante.

El día de hoy está maravilloso, el olor del mar, los rayos del sol que pintan las olas, me convencieron y salí a dar un paseo, llevaba un vestido estampado de esos que te hacen sentir diva, tienen la parte trasera más larga que la delantera, asimétricos creo que le dicen. Tomé mis sandalias y simplemente comenzé andar sobre la arena, mientras la brisa hacía arte con mis cabellos; me di cuenta de cómo Charles me observaba desde el gran ventanal de nuestra habitación. El agua se veía tan rica que decidí tomar un chapuzón, lo único es que como no lo había planeado, no llevaba traje de baño.

[Nota: Pincha aquí. Música de fondo antes de seguir leyendo, para acompañar la lectura.

El agua estaba calientita, divina; al cabo de un cuarto de hora veo a Charles asomarse y pregunta:

– Necesitas compañía?

Sólo sonreí y abrí los brazos invitándole a unirse a la fiesta que apenas iba a empezar.

Acarició mi pelo húmedo, tocó mi cuello y sus manos me ofrecieron un relajante masaje, sus dedos se deslizaron por toda mi cintura y se aferró a mí como niño que encuentra a su madre luego de estar perdido en el supermercado y me susurró al oído que nunca lo soltara, le contesté que lo ataría a mi alma si fuera necesario. Sentía como las yemas de sus dedos exploraban mi pelo una vez más y sin esperarlo me levantó, ganándome un gran susto, danzando con el vaivén de las olas y sus besos se mezclaban con el salado del mar.

Al salir del agua, tomé  una siesta y Charles me había comentado que mi closet necesitaba una ayuda, le dije que con esos trapitos me bastaba, pero insistió tanto que fuimos a parar a un mall de esos que necesitas brújulas para poder ubicarte, empezamos a ver vitrinas y todo estaba súper caro y nada se adaptaba a mí. Me atacó el hambre y fuimos a comer, mientras íbamos en la carretera observé un pequeño kiosko de carpa color azul celeste, no dudé en hacer caritas para que Charles me dejara bajar. A él no le agradan esos lugares. Igual y me desmonté del auto, agarré mi macuto y empezé a andar.

En la carpa había de todo, vestidos y carteras elaborados a mano, compré unos cuantos bolsos, unos bonitos vestidos estampados y todo por tres veces menos que lo que pagaría Charles en las tiendas de marca, Charles por su parte solo se limitó a decirme ordinaria.

Llegamos a la casa, ya entrada la noche, yo un poco exhausta y Charles con muchas cosas que hacer; recibió una llamada que lo dejó fuera de lugar, se marchó a la terraza y rodó las cortinas, era evidente que no deseaba ser escuchado.

Al muy tonto se le olvidó que la terraza se comunica con la habitación y no pude evitar escuchar. Al parecer le incautaron una de las lanchas que había enviado al pacífico, había perdido mucho dinero, estaba furioso, tanto que no me atreví a preguntarle nada.

Era una mercancía perdida, porque nadie reclama lo que ocasiona problemas.

PRÓXIMAMENTE Pág. 13…

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