Pág.08 La Monja y el Traficante.

Llegué al convento y no dejaba de dar vueltas en mi cabeza la propuesta de Charles. Es muy difícil renunciar a algo que amas y alejarte cuando tu voluntad se niega a hacerlo. Toda mi rutina seguía sin variación pero tenía un extra, Charles se presentaba a todas las eucaristías por si decidía irme con él, así pasaron varios meses. Un círculo limitado sabe de la existencia de Camila, aproveche el silencio y la ausencia de las hermanas, tomé el celular, carente de lujos y los timbrazos tocaban una sinfonía con los latidos acelerados de mi corazón. Una voz angelical contesta:

– Diga.

– Que gusto escucharte.

– Vaya.!! Hacía tiempo que no llamabas.

– Sí, estaba muy ocupada mamá.

– ¿Tanto como para no preocuparte por tu hija? Un incómodo silencio inundó la línea telefónica y se alcanzaron a escuchar unos gritos y fue cuando entonces mi madre colgó porque debía atender a Camila. En ese instante muchas cosas pasaron por mi volátil memoria, el nacimiento de mi pequeña Cam y lo duro que fue sin Charles a mi lado, pero lo más asombroso era la forma tan poco convencional de enterarme que esperaba un bebé.

Una mañana me encontraba haciendo ejercicios llevaba All you need is love – Avicci en mi ipod y por causa de mi distracción trompecé con una mujer de aspecto gitano y moral liviana la cual al pedirle disculpas me tomó de las manos y dijo:

– Llevas el milagro contigo, la flor de la vida crece en primavera.

La miré extrañada, aparté rápidamente las manos y sonreí, no sabía que más hacer. Y fue así como pasó el tiempo y una tarde de primavera nació Luz Camila, mi motivo de vida.

Toda la noche la pasé en la capilla, no podía conciliar el sueño estaba considerando la propuesta de Charles. Si me encontraba en ese convento el motivo era la desesperando que me carcomía la vida y él estaba vivo para mi, no creo que haya nacido para el servicio a la iglesia y si de algo estaba segura es que amaba a Charles y ahora que ha reaparecido no pienso  perderlo otra vez.

Fui en dirección a la que a partir de pocas hora dejará de ser mi habitación, armé mi maleta y como faltaba poco tiempo para amanecer, me senté en el pasillo. Llevaba unos vaqueros, había olvidado como se veía mi trasero, tenis y t-shirt de rayas azules. La madre superiora al verme solo pudo decirme:

– Sabía que llegaría este momento, lo presentí en el instante que te ví llegar aquel día con ese muchacho…

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