Pág.07 La Monja y el Traficante.

Desde el encuentro accidentado que tuve con Charles en el mercadillo no he vuelto a saber noticias de él y la paz que empezaba a cultivar se ha desvanecido. El portero del convento, un hombre entrado en edad, de aspecto descuidado adrede, ermitaño y de poco para que ninguna de las féminas del convento sienta atracción alguna por él; me había dicho que un joven andaba preguntando por mi y al no encontrarme dejó una pequeña nota.

El portero me entregó el pedazo de papel y se quedó a la espera de información y no me quedó más remedio que dirigirle una mirada de esas que hablan más que mil palabras, él enseguida entendió el mensaje y se marchó. Al parecer la nota fué escrita de prisa y con ansiedad, decía: “Todo este tiempo mi vida ha sido un calvario, necesitamos vernos. El miércoles estaré a las 2:00 p.m. , en la panadería del pueblo”. Charles. Sentí una extraña sensación en mi estómago y los nervios se apoderaban de mi, decidí reencontrarme con Charles ya que ese día me tocaba recolectar material para las manualidades de reciclaje.

El reloj marcaba las 1:30 p.m. , el sol brillaba más que nunca y aunque estaba intrigada tenía ganas de verlo. Como de costumbre empezé a recojer latas y botellas y ahí estaba él, justo al mirar en dirección a la panadería. Llevaba camiseta azul pastel, chaqueta negra, vaqueros y tenis; se le veía cómodo. Al juzgar por los movimientos de sus manos y los gestos de su cara estaba dándole instrucciones a unos hombres de aspecto rudo y desafiante, al verme sonrió y con un movimiento rápido y discreto con la cabeza le indiqué que me siguiera; quería asegurarme que nadie me viera charlando con un hombre, que aparte de joven es apuesto. Me dirijí a un lugar poco transitado de la plaza y allí fui alcanzada por Charles, mi respiración se aceleraba y una fuerte brisa ponía a bailar la falda que llevaba.

– Así que eres monja.Explotando a carcajadas, mientras acomodaba un mechón de pelo que salía del velo.

– Podrías al menos explicarme que te sucedió?. No te imaginas por lo que he pasado y la angustia a la que me has sometido. Le dije.

Me miraba fijamente con esa mirada que me descontrola y me dijo:

– Sabes, nunca dejé de pensar en ti, sé que hice mal en no comunicarme contigo en cuanto me recuperé. Esa noche pensé que te había perdido, al llegar a la  rancheta me oculté en el sótano, muy pocas personas saben que esa casa vieja lo poseía, como ra de suponerse que ahí me encontraba los hombres que me perseguían la volaron en pedazos y pensaron que había muerto. Me desmayé y desperté al día siguiente y no sabía que hacer y decidí que me declararan muerto y desde entonces las cosas han cambiado.

No dejaba de mirarlo y me plantó un beso de esos que te elevan veinte veces y puedo jurar que en ese momento olvidé todo.

– Perdiste el bebé? Me preguntó.

-No, decidí tenerlo y vive  lejos de la ciudad, Camila está mejor con mis padres.

– Ven conmigo Lucia, piénsalo.

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